Viajando por Mozambique I – Mabote

No tuvo que pasar mucho tiempo desde que yo llegara para realizar mi primer viaje que permitiera husmear un poco los alrededores y conocer de cerca esos extraños paisajes que imaginaba sentado en la ventanilla del avión. Por cosas de mi nuevo trabajo a tan solo una semana de haber llegado se me pidió que fuera en un viaje con mis nuevos colegas para uno de los cuatro distritos donde laboramos. Políticamente Mozambique es un país que esta dividido en 10 provincias cada una con múltiples distritos y aunque no pareciera mucho si lo comparo con los 32 departamentos y los muchos municipios que tenemos en cada uno en Colombia, este no es para nada un país pequeño, sino todo no quedaría tan lejos.

mapa Mozambique

Partimos un lunes muy temprano en la mañana, aquí es costumbre hacer eso para ir a cualquier lado, sobretodo cuando se viaja como turista ya que debido a las grandes distancias casi siempre hay que salir antes del alba. Mientras yo aun lidiaba por desterrar el sueno de mis ojos, comencé a observar y conocer lo que iba a ser de ahora en adelante mi nuevo “hogar”.

– “Esta gente se debe estar muriendo” recuerdo que pensé. Nadie me dijo ni me advirtió que llegaba justo en medio de la temporada de sequia, así que a través de mi ventana aunque hermoso, el paisaje es bastante desalentador, arboles totalmente muertos, la tierra completamente árida, los pastizales secos y amarillentos, la gente provocando incendios por todo lado mientras unas asustadizas vacas raquíticas se asomaban algunas veces por el camino, ese camino polvoriento que atraviesa una tierra terracota como si la naturaleza aun estuviera sangrado del día en que el hombre se abrió paso para construirlo.

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La falta de montanas hacia que perdiera la noción de referencia en cuanto a mi ubicación, y mientras mis colegas hablaban alegremente en un idioma que no entendía, el cansancio y mi falta de costumbre al cambio de horario hicieron que prontamente el sueno me venciera.

Recuerdo que me impacto mucho la primera vez que visite el hospital de Vilanculos, la gente tendida por doquier sobre la arena bajo el sol como moribundos, perros sarnosos paseando tranquilamente por todos lados y los internos siendo atendidos en carpas con el logo descolorido de la UNICEF como si se tratara de un campo de refugiados, así que cuando me despertaron porque ya estábamos por llegar al centro de salud que se encuentra en las afueras de la villa estaba preparado para algo aun peor pero grande fue mi sorpresa al ver que el puesto de salud tenia un aspecto muchísimo mejor a pesar de ser un distrito con muchos menos recursos.

Lamentablemente no puedo decir lo mismo de la villa. Mabote es realmente un caserío que prácticamente esta en medio del “mato” y a parte del difícil acceso por carretera, también tienen dificultades con la cobertura de los operadores celulares, eso sin contar que para colmo solo tienen 2 horas de energía en la noche que no siempre son garantizadas. La calle principal aunque amplia, se encuentra rodeada de los pocos negocios que hay en el lugar que parecieran suspendidos en el tiempo y que le dan un aspecto al lugar como de esos pueblos del salvaje oeste que aparecen siempre en las películas western, bienvenido a la salvaje África.

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Después de terminar nuestro trabajo, salimos a buscar algo para almorzar, la verdad eran ya mas de las 2 de la tarde y según mis colegas no podíamos aspirar ya a encontrar algo bueno así que fuimos de lugar en lugar hasta que al fin encontramos donde nos vendieran un plato de gallina guisada con arroz. Mientras yo aun me esforzaba por tratar de de pronunciar gallina correctamente en portugués (galhinha) una mujer apareció con un platón en una mano y una jarra con agua en la otra, me hacen entender que me debo hacer lavar las manos con agua que para mi agrado se encuentra fresca pero sobre todo tibia y después secarme con una pequeña toalla que colgaba de su antebrazo, podría haber estado en el lugar mas pobre del mundo pero esta seria una costumbre que siempre me gustaría y una atención que jamás olvidaría.

Cuando por fin salió nuestra orden, no sabia si sentía mas hambre o pena por aquella diminuta ave guisada que reposaba sobre una montana de arroz blanco, lo que para ellos era media gallina para mi no era mas que un pobre pajarito al que frágilmente se le rompieron los huesos de las costillas cuando intentaba comérmelo. Ahora que ya estábamos con la barriga llena también era el tiempo de comenzar el camino de regreso.

Mientras reflexionaba sobre tantas cosas, comencé de nuevo a observar el paisaje que aparecía a través de mi ventana, muchos de los incendios de la mañana ya agonizaban, la gente caminando muy seguramente de regreso a sus casas, los baobabs secos pero imponentes salían en ocasiones en algún punto del camino, pequeños grandes montículos que estaban como vestigio de que en algún momento las termitas erigieron en ese punto su colosal morada, y de repente grandes extensiones de una llanura amarilla bañada por los rayos de sol al atardecer en un increíble paisaje donde pequeños montículos llenos de arboles y otros arbustos sobresalen como islas en un mar dorado que nos advierten que ya estamos cerca de llegar a casa. – “Como se llama eso?”, pregunte a mi compañero en mi improvisado portuñol, – “eso?”, me pregunta con asombro al ver mi curiosidad por algo que para el es tan natural, – “bueno, pues nosotros lo llamamos sabana”.

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